Comienzo este blog con un video, en francés y con subtítulos al español, de mi examen de doctorado en filosofía por la Universidad de París 8, el cual tuvo lugar el pasado 9 de mayo de 2012.


Los subtítulos deben aparecer automáticamente al momento de lanzar el video. En caso contrario, hay que activarlos seleccionando el ícono “subtitles”, que se encuentra arriba y la derecha de la pantalla, y en el que se ven las letras “CC”. Después, sólo hay que señalar el idioma (la única opción es ES –español-) y dejar que el video recomience. Como en otros lectores (youtubevimeo, etc.), es posible seleccionar la opción de pantalla completa en el ícono con la figura de un rectángulo que se encuentra a la derecha de la parte baja de la pantalla. 

 

Específicamente, se trata de un video de la presentación de la tesis, que dura unos 27 minutos, y no del examen completo, que contó con la intervención de seis sinodales y que duró, tomando en cuenta las pausas, cuatro horas y media. Si surge algún interés por ver algunos pasajes de resto del examen, haré una selección de las intervenciones del jurado, de las objeciones y preguntas que se me hicieron, de las discusiones que entretuvimos, de las respuestas que ofrecí y de las faltas que cometí para subirlas en línea. El texto en español (del que más tarde haré una versión en francés) que más abajo pongo a la disposición del público, complementa y profundiza el aspecto político que creo implica esta presentación y una parte de mi trabajo. Señalo que las ideas vertidas, tanto en el video como en el texto, son de mi entera responsabilidad y no implican en modo alguno la opinión de los miembros de mi jurado. He querido titular esta primera entrada de mi blog como Cinétract en contra de la impostura en México porque tanto al final de mi presentación como al final de este escrito se verá como lo tratado tiene que ver directamente con una lucha contra la imposición institucional y televisiva que sufre nuestro país y a la que creo que tenemos que afrontar por medios que conciernen no sólo la acción y el discurso, sino el uso de las tecnologías.[1].

 

 

 

Cinétract contra la impostura en México:

no basta la con ocupar la calle: hay que ocupar la imagen, la pantalla, el montaje… ¿la tele?

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Cinétract contre la imposture au Mexique :

Il ne suffit pas d’occuper la rue: il faut occuper l’image, l’écran, le montage… la télé ? 

 

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Como es costumbre en Francia, el examen de grado o, como se dice en francés, la soutenance, empieza con una presentación de la tesis por parte del candidato. Puesto que para entonces el jurado en su conjunto ha leído escrupulosamente el documento a defender, se busca que la presentación sea menos un resumen o reseña que una exposición de lo que el candidato quiere aportar a su campo y quizá, de manera más vasta, una exhibición de lo que la tesis implica.

 

Me parece que esta implicación, por lo menos en las áreas de humanidades y de ciencias sociales, no debe sólo ser entendida como lo que incumbe al ámbito, a las reglas y las necesidades académicas de una determinada disciplina, sino como lo que está o estaría en juego científica, social, filosófica, política y éticamente en los postulados que se defienden en la tesis. Postulados que luego entonces apuntan a un contexto que va más allá de la tesis misma. Ello aún y cuando lo que se juega y por lo tanto se arriesga (pues no hay juego sin riesgo), no siempre aparezca explícitamente en el texto o de manera diáfana en los argumentos, temas y problemas manifiestos en la investigación .

 

Lo que se pone en juego es pues lo público de la tesis. Es decir, lo que aunque en primera instancia sea específico de un saber o disciplina puede eventualmente ser comunicado, sugerido o compartido al público en general: a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Tanto más si es de filosofía y de política de lo que se trata. Pues ni un ámbito ni el otro pueden subsistir sin esta comunicación o por lo menos sin la búsqueda y el deseo de la posibilidad, de la eventualidad de esta conexión, sin la confianza de que la tesis expuesta podrá, por improbable que sea, en algún momento ser compartida.

 

Es por ello que la presentación no es espejo fiel de la tesis, sino respuesta o, mejor dicho, declaración y exhibición de lo que de la tesis es más público o, si se quiere, lo que de la tesis es más político. En el caso de mi trabajo, esto tendría que ocurrir en un modo justamente filosófico-político, es decir, auspiciado en un discurso tal que, sin dejar totalmente de lado la exigencia teórica y conceptual, dé lugar, preponderancia, ocasión, oportunidad, a lo político.


Silvestra Mariniello, Christine Delory-Momberger, Alain Brossat


 

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Es por lo anterior que a pesar de que mi trabajo posee más limitaciones y entuertos que aciertos y soluciones, decidí, con la anuencia de los miembros de mi jurado, de hacer pública esta presentación. (aunque, como ya ha sido indicado, las ideas expresadas son de mi entera responsabilidad). Es cierto que mi objetivo primero fue compartir este suceso con mi familia, colegas y amigos, la mayor parte de los cuales no he visto por un largo tiempo. Pero quiero pensar que si este ejercicio no se reduce a mi pequeña perfomance narcisista es porque si bien filosóficamente quedan y deben de quedar cuestiones a resolver, conceptos que afinar, afirmaciones que evaluar, objeciones que atender, la presentación también puede comprometer, o por lo menos evocar, bajo la forma de lo que sería un cinétract, un philotract, un technotractuna declaración filosófico-política[2]. En este caso sería, para hacer un poco eco del título de mi tesis, una declaración tecnológico-política (siendo lo tecnológico-político un neologismo que uso para distinguir, y como homenaje a Spinoza, una política que surge o podría surgir en el crepúsculo de lo teológico-político)[3].

 

Lo teológico-político en mi texto se refiere a los fantasmas, supersticiones, cultos, ceremonias y embrujos que antes que constituir un obstáculo, desviación o perversión de nuestros regimenes representativos, son inmanentes, inseparables, consustanciales a su “buen funcionamiento”[4]. Lo teológico-político  aparecería por ejemplo en la superstición que consiste en hacer creer que lo que hoy vivimos (y a menudo sufrimos) como regímenes políticos tiene que ver con un podero kratos del pueblo; en la forzada ilusión que obliga a actuar como si todavía, hoy en día, un pueblo pudiera y debiera ser representado y sobre todo en la flagrante impostura que consiste en conceder, rendir culto y obligar a creer que tal representación hace justicia a la palabra democracia.

 

Ahora bien, tal y como trato de esbozarlo aquí (y con mucho más detalle en pasajes de mi tesis), un problema se vuelve tecnológico-político cuando una innovación técnica desplaza y/o tiende a hacer inservible e inoperante una antigua relación, derecho o mecanismo social o de poder, cuando una relación entre los humanos que hasta entonces parecía estable se revela como teológico-política, es decir que se revela como impostura, como superchería, como culto idolátrico, como Tourist Trap, como atracción de feria decrépita, de como dandismo trasnochado, como objeto kitsch, como snobismo fútil, incluso como chiste cruel.

 

Por ejemplo, aunque todo soberano requiere que él (o ella) y su investidura sean representados simbólica y figurativamente con el fin de hacer presente su autoridad, como recordatorio a la población de quien es él que manda, la reproducción masiva y estándar del rostro, figura, cuerpo, de la vida privada, de la biografía mitificada en clichés, en filmes, en apariciones televisivas, en los periódicos, en libros, en Internet, hace relativamente inútil, por suntuosa e ineficaz, la representación del soberano en imágenes de corte monumental y en bustos y estatuas. A tal punto que en los regimenes llamados democráticos, las biografías de corte fílmico y telenovelesco, que muestran de manera edificante y más “humana”, más “popular”, más dinámica y “móvil” la vida de los dirigentes ha terminado por reemplazar la monumentalidad anacrónica y relativamente fija de la estatuaria de dictaduras y regimenes totalitarios varios. Digámoslo tergiversando el título una canción pop de los años ochenta: Soap Opera Star Killed The Old Statesman.

 

Me parece pues que la emisión redundante y a distancia de una imagen audiovisual tiende necesariamente a banalizar la reproducción local, estatuaria y pictórica. Esto no quiere decir que la representación monumental desaparezca, sino que ésta tiende a mostrarse como el aspecto frívolo, superfluo, banal, corrupto, del poder[5]. Tal es el caso de la propaganda electoral monumental en México: ella aparece necesariamente como superchería, puesto que el público, gracias a la reproducción masiva de la imagen audiovisual, ya conoce a los candidatos, incluso en lugares relativamente o supuestamente aislados respecto a los centros de difusión de información y de imágenes. De lo que se deriva que no existe necesidad otra que la de la ganancia de dinero fácil entre particulares que pueda  justificar el despilfarro.

 

Resumiendo pues: la reproducción audiovisual de las figuras del poder propulsa una cierta fuerza tecnológico-política en la medida en que tiende a sustituir las antiguas representaciones monumentales, volviéndolas, inútiles, anacrónicas y cursis, “teológico-políticas”. Ahora bien, el problema mayor de este triunfo tecnológico-político del intimismo audiovisual sobre la solemnidad monumental reside en que tal victoria no parece ofrecer una liberación siquiera parcial respecto a lo teológico-político. Todo pasa como si lo tecnológico-político hubiera remplazado una creencia decrépita y lenta por una superstición nueva y desbordante, llena de “vitalidad”. Pues este triunfo se ejerce en favor de un Storytelling generalizado, de historias de éxito, de superación. En favor también de un culto o, mejor dicho, de un casting incesante en el que los personajes políticos de toda índole valen menos por sus acciones reales que por la “encarnación” de “valores”: del coraje, de la valentía, del amor, de la paz, la seguridad, la determinación y la ternura.

 

Acaso pocas cosas definen de manera tan diáfana nuestro tiempo como la sustitución y marginalización progresiva del conflicto, del debate, de la confrontación que eran propios de los regímenes políticos modernos por esta mímica espectacular: la vieja pompa estatuaria, el pesado protocolo republicano, ceden y se desmoronan ante este circo, maroma y performance de los nuevos “políticos” y su séquito de comunicadores, periodistas, expertos e intelectuales. Hoy en día, ahí donde debido a una catástrofe, a un reclamo de justicia, de democracia, de trabajo o de derechos pudiera empezar a barruntarse un cambio emancipador, ahí mismo llegan estos personajes con sus falsas oposiciones (pues resulta que para ellos, al final, todos somos amigos), con su pomposas afirmaciones, con sus soberbios puntos de vista, con sus dramatizaciones de pacotilla, con sus frívolas predicciones, con su envilecida sapiencia, con sus faraónicos proyectos, con su pedagogía de estampitas escolares. Todo ello para convertir todo acontecimiento en noticia, en hecho de actualidad, en un evento que no te puedes perder.

 

Ahí mismo o mejor dicho justo a lado, en las tramoyas y en el fuera de campo, la violencia se ejerce como antaño, sino es que más que antaño en algunas ocasiones, puesto que las formas humanas (sociales, legales, políticas) para contrarrestar y apaciguar la violencia entre grupos quedan aniquiladas en el teatro variopinto de la “cultura”, la “memoria” y la historia oficial. Lo que no puede sino crear otro tipo de violencia, menos evidente, más “intelectual” y “psicológica” pero tan ofensiva, abyecta como las otras. Y acaso más peligrosa, puesto que esta supuesta sublimación de la violencia no puede hacerse sino bajo la amenaza fundamental del uso de una violencia definitiva y potencialmente sin respuesta, como “recurso último y legítimo”. Por ejemplo, para agregar más chantaje a lo que de por si es vergonzoso, el futuro que se ofrece a los jóvenes es comúnmente el de la vigilancia en favor de éste régimen, de este espectáculo, como “demócrata”, como “ciudadano”, como “guardián de la patria”, como “enemigo de los criminales” e invariablemente en contra de sus congéneres.

 

Alain Brossat, René Schérer, Clélia Zernik, Véronique Fabbri


 

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Así pues, nuestra época se distingue no sólo por la decadencia casi ineluctable de nuestras antiguas instituciones, sino también por su neutralización vergonzosa en el seno de algo que si no fuera tan trágico provocaría risa de sólo intentar mencionarlo: en el seno pues de un sentimentalismo del resultado. Curiosa liturgia en la que se rinde culto a la estadística y a la cursilería por igual.

 

De ahí mi interés por el cine, porque me parece que es en el cine del siglo XX en donde podemos encontrar, más que en algún otro lado, la fuente sensible, afectiva y sentimental de las supercherías de hoy, pero también quizá y por osado que parezca, los arcanos de los remedios para estos males. Ello porque pienso que la clave estética para descifrar y relanzar política de nuestro tiempo se encuentra más en aquello que los hombres y las mujeres pretendemos o soñamos ser que en lo que somos en realidad en nuestras pequeñas vidas. Es acaso en el cine o, más extensamente, en toda práctica que se sirve de un montaje automático de imágenes audiovisuales en donde podemos encontrar el  modo en como los hombres y mujeres de nuestro tiempo reciente han querido ser vistos o exhibidos, la manera en como hemos querido ver el mundo y sobre todo la diferencia entre estos deseos, pretensiones y voluptuosidades y lo que la imagen oculta, olvida o violenta.

 

Se objetará que una imagen puede mentir, más aún, que la imagen es en si misma una manipulación forzosamente falsa de la realidad. Pero es justamente esto lo que nos interesa, no pensar la realidad como algo ya dado por unos sentidos naturales o por una conciencia humana pretendidamente pura y universal, sino pensar lo real como la diferencia entre el poder y la violencia de la imagen y su resto. Lo real para nosotros es siempre artificial, es decir construido por y para nosotros. No hay pues real sin inscripción humana: así sea una piedra marciana o la galaxia más lejana, siempre hay un aparato, una técnica, una superficie, una interfase humana que permite percibir lo no-humano y lo inhumano.

 

De ahí también la importancia que tiene para nosotros el montaje, pues es en el montaje, esa parte que pasa casi siempre desapercibida de la imagen, en donde se juega la suerte de lo visto y lo sentido, es decir la suerte del deseo y de la mímica, que es todo deseo. La más manipulada de las imágenes, la película más groseramente propagandística, así como el video más abyecto, vulgar o anodino participan de lo real en este sentido, pues toda imagen implica el deseo y la necesidad humana de exhibirse, de mostrarse (así sea bajo una máscara), de reconocerse, de hacerse igual o diferente de los otros, de hacerse pues presente.

 

Lejos de perder vigencia o autoridad con las nuevas tecnologías, la imagen audiovisual gana fuerza con éstas. Es en este sentido que el advenimiento de otra democracia puede ser pensado como un derecho, una prerrogativa de todos y de cada uno a hacer imagen. El modo de inscripción de la imagen audiovisual no es ni el lenguaje ni la escritura, sino el montaje, comprendido como interfase en la que lo real se manifiesta como la diferencia entre la “realidad” mostrada en el plano o imagen y el sentido de lo mostrado, que sólo puede ser pensado a partir de las fuerzas visuales y no visuales que o bien concurren o bien son conjuradas o abolidas en la imagen. No hay imágenes ni violencia simbólicas. Sólo hay interpretaciones simbólicas de fuerzas reales, y en esta medida fuerzas políticas, que concurren y que divergen en la imagen por medio del montaje.

 

Acaso el devenir estético y tecnológico de los últimos años haya ya vuelto inoperantes las formas clásicas, e incluso algunas formas que se pretenden nuevas, de comprender y crear lo político. Quizá lo político haya ya dejado de ser un campo autónomo, independiente, si alguna vez lo fue, respecto a la tecnología y de la estética. De tal suerte que la superchería política contemporánea consistiría en hacer creer que la representación institucional ejerce todavía una autoridad directa y soberana sobre las técnicas de creación y de difusión de información, de manifestación y comunicación de la “realidad”, manipulando una información que de otra manera sería diáfana.

 

Por el contrario, habría que decir que lo que hoy se hace pasar como ámbito de la política (representación, elecciones, gobierno, etc.) es sólo el barniz histórico que cada vez cubre más mal el lugar de la auténtica toma de decisiones, aquella que tiene lugar en la tecnología, la industria y la finanza, en la percepción, en la construcción de subjetividades, de identidades, la misma que produce la política contemporánea como teatro guiñol, como Reality Show.

 

Es por ello que de una manera general diremos que no es tanto en la exégesis textual de las formas políticas clásicas y contemporáneas; ni tampoco en la textolatría (el término es de Flusser) de la mayoría de los marxismos de nuestros días; menos aún en la cartomancia de la llamada sin pudor alguno “ciencia” política, ni en esa astrología de infalible mal agüero llamada “ciencia” económica en donde deberemos buscar el sentido y la fuerza de una nueva política, sino más en el análisis e investigación del devenir tecnológico y estético que va del cine, el radio y la televisión hasta el mundo de las redes.

 

Me parece que esto es así porque lo que de alguna manera gobierna al mundo no son tanto las instituciones ni los discursos sobre éstas (así sea este discurso la historia misma), ni incluso ciertos mecanismos productores de una cierta realidad (como el flujo de capital financiero, que ejerce una incidencia efectiva sobre la vida) sino una mecánica tecnológico-estética que atraviesa, anula y desarma toda institución, todo discurso, y todo argot técnico; una mecánica convertida en poder y autoridad que remite a una cursilería universal y cósmica contra la que las pseudo-ciencias de la “politología” y la economía pocas armas y protección pueden dar.

 

La tarea de lo que llamamos tecnológico-política nos parece ser pues la de llevar a cabo una minuciosa arqueología de nuestro sentimentalismo contemporáneo. Ello, para dar pie tanto como para dar cuenta de lo que serían los materiales, los ritmos y los gestos de esa otra política, que aunque todavía no tiene nombre tendrá que surgir como algo totalmente distinto de lo que hasta ahora ha sido la política, y de lo que hasta ahora nuestros amos y sus pintorescos esbirros (tanto los voluntarios como los idiotas útiles) han tratado infructuosamente de denominar democracia.

 

Véronique Fabbri, Román Domínguez



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Considero que todas estas afirmaciones obedecen menos a un capricho intelectual de mi parte, que a una cierta intuición que hemos vislumbrado a partir de mi investigación. Intuición que remite por una parte a un cierta insuficiencia y a un cierto agotamiento de nuestros conceptos y prácticas políticas y, por otra, a una cierta emergencia del poder o kratos del pueblo bajo una configuración inédita y a una cierta urgencia por pensar con justicia lo que está por llegar o lo que acaso ya ha llegado a nosotros sin saberlo.

 

Me parece además que esta emergencia concierne lo que pasa en estos momentos en mi país, México, por múltiples razones. Y que es aquí precisamente en él que esta configuración política para la cual todavía no tenemos nombre puede tomar ritmo, consistencia, textura, que pudiera, pues, comenzar a tomar cuerpo.

 

En este contexto hay que decir que si el desarrollo de la presentación de mi tesis puede carecer de interés para muchos, quiero pensar que sería menos el caso para la justificación política de ésta, que comienzo a desarrollar hacia la marca de 22’58 del video y con la que culmino mi primera intervención en el examen (link directo a esta parte http://dai.ly/OvECxg ). Lo que sugiero en tal ocasión es lo que en términos ciertamente enigmáticos llamo ocupación masiva del montaje.

 

Por extraño que parezca, la exigencia o imperativo filosófico-político que aquí trato de enunciar o más bien de tartamudear, de balbucear en el mejor de los casos, no está exento de una cierta convergencia con el movimiento que comenzó a configurarse dos días después de mi examen, a saber el #Yosoy132.

 

Es a partir de esta coyuntura, de este azaroso encuentro y ocasión entre lo que hacia el final de mi presentación traté de postular como una necesidad tecnológico-política para neutralizar el Estado de excepción y de guerra hacia la población que sufre México por un lado, y por otro por la probable emergencia de un cuerpo político del que el movimiento #Yosoy132 es uno de los síntomas o signos más palpables, que ahora esbozo unos fragmentos tecnológico-políticos que me parece podrán colaborar, si el azar o la buena fortuna lo permiten, a título de hipótesis, y en tanto que hipótesis, como fragmentos perfectibles, en la eventual desactivación de la miseria política que sufrimos y la correlativa construcción de un kratos libre del pueblo mexicano y acaso de todos los pueblos[6].

 

 

  1.   Desde un punto de vista tecnológico-político, las sociedades no preexisten a sus dispositivos y técnicas de inscripción (oralidad, escritura, fotografía, imagen audiovisual –cine, televisión-, Internet). Por el contrario, en la medida en que es en estos medios, materias y mecanismos en los que se funda y se define (mítica, ficticia, pero también técnicamente) lo que es el pasado, el presente y el futuro de un grupo humano, es decir la superficie y consistencia temporal de éste, la sociedad es una imagen, un producto, una proyección à rebours, de la inscripción.


  2.   No es Rómulo quien funda Roma, sino la epopeya oral, y después escrita, que crea y legitima a Rómulo a l’après-coup. No es el signo del águila sobre el nopal devorando una serpiente lo que funda Tenochtitlan, sino la necesidad de proyectar hacia el pasado un destino, de transfigurar el signo, para hacerlo aparecer como si hubiera sido escrito desde la noche de los tiempos, lo que da sentido a la peregrinación desde Aztlán.

  3.   Es por que hay inscripción por lo que puede haber un pasado, por lo que una sociedad puede imaginar o especular como ha sido creada. Es por que hay inscripción que puede haber una fundación, pero la fundación misma no es sino la distinción, marca o trazo que distribuye el antes y el después. Es en este sentido que toda fundación es mítica.

  4.   No habría futuro abstracto o general. Todo futuro sería singular, puesto que no habría porvenir sin una inscripción en la que éste es pensado, supuesto, vislumbrado. El porvenir no es sino el secreto que una inscripción recela para otro tiempo: futur antérieur, tiempo del acaso.

  5.   Con lo anterior se vislumbra que el objeto fundamental de la tecnológico-política es el tiempo. Por esta razón, sus problemas no son tanto ni la soberanía ni el gobierno ni la representación en las instituciones, sino la construcción, apropiación y gobierno del tiempo y sus técnicas de producción: no los “valores”, sino el ritmo. No la “verdad”, sino el gesto. No la “representación”, sino el cuerpo y sus afecciones. No la opinión, sino la mímica. No la esencia de las cosas, sino el surgimiento, duración y desaparición de las cosas.

  6.   Si el tiempo es el objeto de la tecnológico-política, el archivo es su problema consustancial. Pues el archivo no es la sola guarda o rememoración de un pasado, sino toda técnica que indica, aún sin pretenderlo explícitamente, el lugar en el que un poder funda y legitima su origen, y en consecuencia, la técnica que muestra que no hay política sin origen, es decir que no hay política (si por política entendemos un mecanismo de la acción colectiva y no la simple administración de la  población y la gestión representativa) que no busque producir e imponer una cierta distribución del tiempo. Más aún, diremos que sólo puede haber política donde se busca y hay un conflicto por ocupar el lugar fundacional del tiempo. Cronopolítica, Kairopolítica.
     

  7.   Si bien es cierto que la política no se reduce al mito. Toda política tiene relación con éste, ya para conservarlo u ocultarlo, ya para sustituirlo o destruirlo.

  8.   Del mismo modo que no habría una política emancipadora que no sea a la vez iconoclasta, no habría libertad sino ahí donde un mito ha sido desactivado. Dicha desactivación no debe ser confundida con la simple substitución de un mito por otro, ni aún con la desaparición de una cierta creencia a favor de una vida supuestamente más racional, “científica”, más “tecnologizada”, más “moderna”, más “actual”. Una imagen no puede ser neutralizada, un mito no puede ser desactivado, sino ahí donde, gracias a una cierta astucia, la configuración tan esencial como secreta de las fuerzas que el mito contiene es revertida, pervertida, conjurada, puesta boca arriba, para dar rienda suelta a otro tiempo en el que los gestos de antaño adquieren un sentido nuevo, invertido, como si fuera la primera vez, como una juventud tardía más robusta, más libre y acaso más inocente que la primera juventud. Como una juventud repetida, vista y danzada en una casi gloriosa cámara lenta.

  9.   Nuestras instituciones políticas fueron creadas para sociedades en las que el poder se basaba en las técnicas de escritura, al punto tal de que en la Ley, escritura y poder tienden a confundirse, a hacerse inseparables. Dicho de modo esquemático: el tiempo político de las sociedades de escritura no sería otro que la aplicación de la Ley en ausencia del soberano (Dios, Rey, “pueblo”), es decir el tiempo del gobierno.

  10.   Con la fotografía, nace un nuevo tipo de inscripción. No ya la marca de la pura ausencia en la escritura, sino el instante preciso y fugaz de una presencia imposible. Así, toda foto grupal de escuela, de familia, de trabajo se inscribe como la ínfima utopía de cada uno de nosotros.

  11.   Es casi banal constatar que toda fotografía es un recuerdo o, por lo menos, aspira al estatus de un recuerdo. No lo es el pensar que desde Daguerre el recuerdo, que hasta entonces podía ser conjurado en la evocación legendaria en una noche de fogata, se ha convertido en la reproducción incesante de fantasmas, como en las fotografías de identidad.

  12.   El cine inaugura también un nuevo tipo de inscripción. No una escritura fija, sino un montaje de movimientos. No una ley sino una mímica, un nuevo mimetismo. Montaje y nuevo mimetismo no conforman un texto a interpretar o un lenguaje a traducir, sino una textura temporal liberada del aquí y el ahora. Textura que dada su reproductibilidad puede ser recorrida virtualmente en cualquier momento y potencialmente en cualquier lugar, como un bloque de tiempo que puede ser recorrido y que puede invadirnos, seducirnos, encantarnos en todo momento. Con el cine, lo público, la plaza pública, pero también lo que es soberano, pues no hay soberanía sin exhibición y sin plaza, comienza a inscribirse o mejor dicho a moldearse, a modularse como omnipresencia.

  13.   Es posible que la escritura no haya sido inventada sino como un paliativo o solución técnica a la imposibilidad de la ubicuidad del soberano (esto valdría no sólo para los grandes imperios sino también para los pueblos para los que la Escritura es testimonio de Dios). La escritura, pues, no habría sido inventada para “comunicar” o “comerciar” sino para representar o simular como por encargo el acto (auctoritas) del soberano en un lugar (la superficie que hospeda la escritura: piedra, papel) en el que por definición éste se encuentra ausente, es decir para ejercer la autoridad por gobierno. Esto último sería hacer valer la Ley y es en este sentido que toda Ley sería, por lo menos en su fondo arcaico, simulación y marca del acto del cuerpo vivo del soberano.

  14.   La radio y la televisión implican cada una de ellas un gran paso, sino es que el tiro de gracia, en la destrucción de la antigua relación que guardaba la soberanía con el público. Pues no hay cuerpo soberano que no se instituya (o que finja, simule, haberse instituido) como fuerza viva en la plaza pública. Con la radio y la televisión la presencia del soberano tiende a hacerse ubicua, casi omnipresente, como si no necesitara estar ya nunca más ausente. Pero al mismo tiempo, la radio y la televisión tienden una especie de trampa a todo régimen representativo, pues esta presencia “directa” o pseudo-presencia tiende también a minar, a demoler la autoridad representativa en tanto que tal. El representante debe forzosamente actuar continuamente y ser además un buen actor, pues ahora debe competir con el encanto de los actores profesionales. Es por ello que no es casualidad que la frontera entre actuación artística y actuación política tiende a difuminarse, a tal punto que podemos decir que desde ahora no somos ya gobernados sino por “Stars”: Obama debe más a ese gran actor que es Sidney Poitier, al gran Jackie Robinson y a ese gran deportista que fue Mohamed Ali que a cualquier político “puro”. Pero es en este punto en que la trampa comunicativa de la radio y la televisión cierra sus pinzas. Pues el actor se debe siempre más al público (al que no habría que confundir con el pueblo) y al chantaje que éste ejerce que a la Ley. Aún y cuando el actor-representante se encuentre bien comprometido con ésta, políticamente se ve forzado y aún más en los regímenes representativos “democráticos” a lambisconear a la “opinión pública”.

    Obama y su chela en Des Moines, IA (Jim Watson/AFP ©) vía franceinfo.fr


     

  15.   Toda exhibición implica el riesgo del elogio y del desprecio. El soberano exhibía su cetro, su dignidad divina o casi divina y sus prerrogativas en la plaza pública en ocasiones especiales de pompa y circunstancia. El representante moderno no exhibe en principio su dignidad soberana, sino su capacidad para investir la pantalla. Lo que el representante moderno arriesga es lo mismo que la estrella de cine o de televisión: no una dignidad del cargo ante los subditos, sino una capacidad de actuar ante un público. Pero esta capacidad sólo puede entenderse como eco de los sueños del hombre común, del hombre común hecho hombre extraordinario para después caer y regresar a ser uno más de la masa, como en el filme de Capra Meet John Doe. Es en este punto en que la televisión contiene a pesar de todo la posibilidad técnica de un germen democrático: en la medida en que se asimila al hombre o a la mujer común, cualquiera pudiera ser el representante del pueblo. Pero si cualquiera puede serlo, ¿hay entonces necesidad para el pueblo ser representado?.

  16.   Quizá el fascismo fue el primer régimen que llevó al límite la relación extra-jurídica entre el político-star y el público de otra manera: no otorgando el lugar al hombre común, sino creando un nuevo personaje, un guía, cuyas acciones van más allá de toda ley escrita, un guía cuyas performances debían ser asimiladas como fuerza de Ley más allá de las leyes escritas.

  17.   Desde un punto de vista meramente formal las leyes siguen obedeciendo a la tradición jurídica de cada Estado más o menos independientemente del juego político. Desde un punto de vista tecnológico-político, la fuerza política de los medios masivos de comunicación se ejerce como una fuerza de ley extra-jurídica que tiene desde hace ya tiempo asediada a la Ley misma.

  18.   Quizá algún día el Siglo XX y el inicio de este nuestro siglo será comprendido como una implacable deriva técnica y estética en el que la civilización de la escritura, de la representación, del gobierno, de la Ley fue arrasada definitivamente por las técnicas de la omnipresencia, de la seducción en tiempo real, del chantaje audiovisual.

  19.   Los tiempos en los que está deriva se define y se profundiza corresponden a las grandes guerras de los últimos cien años. La Primera Guerra Mundial fue en este sentido una guerra de la fotografía. La Segunda, a pesar de lo que pudiera creerse a partir de los filmes de Riefenstal por un lado y de los filmes de los Aliados (Capra, Ford, Stevens, Litvak, Ivens) por el otro, fue una guerra de la radio. Es por la radio que Hitler arengaba a Alemania a continuar (es sabido que Hitler dejó de realizar actos públicos masivos y sólo se expresaba por la radio mucho antes del final de la guerra). Es por la radio también que De Gaulle, Churchill y Roosevelt arengaron también a sus pueblos a luchar y resistir con sangre, sudor y lágrimas. Es por la radio que el hasta entonces divino Hirohito ordenó a los japoneses a rendirse. La de Vietnam es la guerra de televisión clásica, abierta, como suele decirse. La primera guerra del Golfo es la primera guerra totalmente live y la guerra de la televisión por cable. Quizá las últimas guerras de televisión hayan sido las últimas invasiones a Irak y a Afganistán. La Primavera arabe y la rebelión en Libia y en Siria apuntan a conflictos que se difunden y se relacionan plenamente con lo real de otra manera: son guerras de celulares y de redes sociales, de youtube, de Twitter y de Facebook.

  20.   El filme de Ujica y Farocki, Videogramas de una Revolución (versión en inglés disponible aquí http://bit.ly/ObTeTg ) muestra que la Revolución si puede tener lugar en la televisión. Ceaușescu no sólo fue expulsado de la plaza pública de Bucarest, sino que su régimen injusto fue depuesto no sólo con la ayuda de la televisión, sino principalmente con la ocupación literal de la televisión por parte del pueblo. Sin la aparición de gentes comunes y corrientes en el estudio de la televisión rumana pidiendo al ejercito su obediencia al pueblo y clamando libertad, quizá la suerte de Rumania pudiera haber sido otra. Por un breve momento, gente de la calle, poetas, maestros de escuela se dirigieron al pueblo sin intermediarios. Si la Revolución rumana puede ser entendida como la única revolución propiamente televisiva es quizá porque muestra que en nuestro tiempo no basta con ocupar la calle, sino que hay que ocupar literalmente, realmente, la pantalla, la imagen, y luego entonces, ocupar el montaje.

    Videogramas de una Revolución (Videogramme einer Revolution)
    de Harun Farocki y Andrei Ujica ©


     

  21.   Los medios de difusión electrónica no implican solamente una función de entretenimiento, de cultura y de información. Son también un espacio, un territorio real (un real estético, político) en el que se juega el destino de grupos y sociedades humanas. Es por eso que ningún Estado y ningún pueblo puede seguir permitiendo que este espacio sea ocupado por manos privadas, así sea en nombre de la democracia y de una supuesta pluralidad. No se trata de regresar a la vieja idea de la televisión nacional y estatal y totalitaria, sino de que el pueblo mismo con el ingenio que le es propio, encuentre y despliegue las nuevas maneras de ocupar ese territorio que le pertenece de jure. El control de la difusión electrónica tenía que ser centralizado, tanto bajo control directo del Estado como bajo el régimen de concesiones porque los dispositivos técnicos no permitían que el hombre y la mujer cualquiera pudiera difundir su imagen, sus deseos, sus horrores, sus amores, sus pasiones. En la era en que el Internet y los dispositivos móviles tienden a su universalización y por lo tanto a una cierta democratización de la tecnología, la centralización de la difusión constituye el principal obstáculo para el advenimiento ese otro poder o kratos del pueblo totalmente distinto de lo que ahora se llama sin pudor alguno democracia.

  22.   No basta con pedir una democratización de los medios, si por ello entendemos el sólo derecho a la opinión en un momento cualquiera del flujo informativo. El derecho a la opinión, a tener una voz, son poca cosa si los amos han ya decidido el formato y el tiempo a la palabra. La autentica libertad y la autentica democracia no pueden aparecer sino ahí donde el pueblo decide el tiempo, donde crea y difunde su propia tribuna, su propio espacio en el que ahí sí todos puedan estar tal y como pretenden ser, con conflictos claro está, pero con conflictos que serían nuestros, de todos, más como actores que como espectadores, creando incluso una nueva forma de ser espectador y creando otros espectáculos. El tiempo en que la televisión creaba una realidad por si sola ha terminado, son ahora las redes descentralizadas las que deben ocupar ese espacio para hacerlo coherente con la libertad que de manera legítima se ejerce ya en la red.

  23.   Es cierto que para que esta libertad sea efectiva tiene que ser mediada a través de dispositivos técnicos e institucionales, empresas, colectividades, pues la televisión es también una industria. Pero no hay motivo alguno para que esta industria y este espacio sigan estando en manos privadas. De lo que se trata pues, es de crear una televisión ciudadana, que funcione no como aparato propagandístico, sino como dispositivo técnico Opensource, en el que la ciudadanía, más allá de expresar su “opinión” cree sus propias funciones, su propio espectáculo, su propio stage. Se trata, pues, de crear otra realidad que hasta ahora sigue siendo negada bajo el pretexto de una operatividad y de una “productividad” que sólo podría ser llevada a cabo por empresas privadas. La centralidad de la televisión es ya en México una falacia, un fantasma maldito que hay que conjurar definitiva e implacablemente. De poco servirán las reformas formales a las instituciones si el auténtico lugar en el que se dirime la realidad sigue estando en manos de unos cuantos tomadores de decisiones. Así pues, Abolir la televisión tal y como la conocemos hoy en día, es una de las tareas más urgentes para reconstruir, para reinventar al país.

  24.   En el contexto mexicano, resistir y hacer frente a la imposición institucional es una cuestión vital que debe ser atendida de urgencia con todas nuestras fuerzas ahora que, a pesar de todo, todavía es tiempo. Pero el punto central para restituir el kratos del pueblo que hasta ahora siempre ha sido diferido y para intentar acabar con esa guerra y negocio en contra de población que es la “guerra” contra el narcotráfico pasa por la abolición de la televisión privada. Por lo menos en México. Sabemos que es imposible que esta urgente abolición pueda ser llevada a cabo por aquellos que forman parte de nuestro decrépito aparato representativo y por medios únicamente jurídicos. De lo que se trata aquí y ahora es de hacer manifiesta la inutilidad y nocividad técnica y social de la televisión privada. Esto, por operaciones de montaje políticamente legítimas que puedan eficazmente desactivar la centralidad televisiva al punto tal en que la conformación actual de la televisión se vuelva innecesaria primero técnicamente y eventualmente de manera jurídica. La tecnología puede ser usada políticamente y de manera legítima en espacios en los que lo meramente jurídico-institucional resulta insuficiente. Creemos que hay pues que buscar la desactivación tecnológico-política de la configuración actual de la televisión de una manera similar (aunque con el agregado de una cierta estrategia política) a como el advenimiento de la computadora personal provocó la banalización técnica de la máquina de escribir, o como la operaciones electrónicas hacen cada vez más innecesario el uso del papel. De lo que se trata pues, es de utilizar la tecnología para aquello que las viejas instituciones y las viejas configuraciones del poder por su propia naturaleza no pueden ya más resolver, a saber: el derecho del pueblo ha crearse su propia imagen, a resolver sus propios problemas, a crear una nueva economía de lo que aparece para fundar eventualmente otra economía y otra democracia.

  25.   La descentralización de la televisión, la reapropiación de la imagen, la abolición de la patraña televisiva no puede llegar de manera eficaz sino lentamente, ocupando poco a poco el montaje, como si filmáramos una película colectiva: haciendo ver y obligando a ver como ya se hace en la red la miseria y la desgracia en la que ha caído nuestro país y que sigue en el fuera de campo, que sigue ninguneado,desde el punto de vista institucional. Imponiendo con un inédito juego de cámaras una realidad en la que los que están acostumbrados a “dar cuenta” de la realidad, a decir “ahí están las imágenes, juzgue usted” sean filmados tal y como son en sus vidas y en sus afectos. Es bien sabido que bajo el pretexto de rendir un servicio “público”, estos ejercen un poder de tipo policíaco al momento de hacer preguntas ¿Y si ahora somos nosotros les que hacemos las preguntas y las entrevistas y difundimos sus respuestas? No será ya Televisa la que nos grabe y estigmatice cruelmente, sino nosotros los que filmaremos y marcaremos a Televisa. Imponiendo, con la fuerza del montaje y de la imagen, los gestos, los movimientos, las posturas, la mímica, la danza de la mujer y del hombre común, esa y ese que en la mayor parte del día somos todos y cada uno de nosotros. Haciendo acceder con una fuerza de Ley bien precisa aquellos que no pueden acceder al estatuto de ciudadano común un rostro y un lugar, como sería el caso de las trabajadoras domésticas de México que viven bajo un estado de excepción continuo de humillación y ninguneo (exceptuando, claro está su representación de pacotilla en las telenovelas). Sustituyendo la voluptuosidad del rostro de los bellos, los ricos y los expertos, por la exuberancia y esa otra belleza del rostro de la gente común, como ya se expresa en ciernes en los videos del #Yosoy132. Reemplazar también el rostro, la cursilería y la pompa ceremoniosa y criminal de este régimen por un baile tecnológico-político y popular. Remplazar pues este tiempo aciago por nuestro tiempo. Tal es nuestra esperanza y más que nuestra esperanza, nuestro deseo.





Notas



   [1] Se notará en el video que mi pronunciación del francés (sobre todo en lo que toca a las liaisons) es imperfecta y a veces tartamudeante. A lo primero poco tengo que agregar, lo del tartamudeo se lo debo a los años que he pasado tratando de explicarme ante las autoridades administrativas en una lengua que aprendí tardíamente. El improbable espectador sabrá, espero, disculparme, como también sabrá, espero también, disculparme, si es que llega a leer la totalidad de este primer post, la longitud de este texto. Prometo que los próximos serán mucho, mucho más cortos. Para aquellos que estén interesados en el resultado de mi examen, les comento que francamente tuve suerte, que me fue muy bien y que recibí la nota más alta: Très honorable avec félicitations du jury à l’unanimité.



[2] Uno de los retos de mi presentación ha consistido justamente en el intento por conciliar la defensa ante un jurado experto y la pretensión filosófico-política de una declaración que tienda hacia lo universal, que tienda a la eventualidad de un deseo, fuerza o kratos común a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Como toda conciliación es imperfecta, algunos conceptos, definiciones, oposiciones y argumentos parecerán obscuros e insuficientes para algunos. Para otros, resultarán acaso enigmáticos o francamente erróneos o delirantes. Baste por ahora intentar aclarar sólo uno de los puntos que tratamos hacia le final del video, por ser precisamente un punto crucial en nuestra toma de postura, a saber, una cierta reticencia de nuestra parte hacia el futuro que se nos ofrece en el desarrollo del videojuego y del smartphone. Hay que decir que no buscamos denunciar ni el uso del smartphone ni la práctica del videojuego (tanto el videojuego propiamente hablando como el videojuego extendido al que tiende convertirse nuestra experiencia contemporánea), ni tampoco denostar su análisis o su estudio.


Lo que tratamos de exponer es que el uso común de estos dispositivos y técnicas no ha sido, hasta ahora, un uso político, sino que por el contrario tiende hacia una performatividad pura, sin resto ni reserva, que impide, o que tiende a impedir, pensar y practicar fuerzas políticas y corporales no performativas, no cuantificables (o cuantificables un modo no-estadístico y que está por venir). Creemos pues, que este uso hasta ahora no ha sido político, si por político entendemos no la administración de lo viviente por estados e instituciones, ni la gestión de la representatividad, sino la lucha por la emergencia de una configuración distinta de lo común. Aunque es bien cierto que por otra parte el uso masivo, “normal” del smartphone y de as técnicas del videojuego implican ya una carga  política inobjetable, me parece que no basta con tratar y vehicular un tema “político” (por ejemplo los derechos humanos o la “política” cultural) por medio de estos dispositivos para que su uso devenga tal. Al contrario, es porque este uso masivo, aún con las mejores intenciones, amenaza gravemente con ahogar las posibilidades siempre magras de un acontecimiento político en el océano sentimental de la opinión que habría que pensar, hacer y resucitar un cuerpo político por otros medios,  saber, un protocolo tecnológico-político que irrumpa, redistribuya y desvíe el uso común, comunicativo, “personal”, narcisista de estás máquina, aparatos y técnicas por un uso que sin buscar borrar al individuo, transmita una fuerza de lo común, de lo compartido, de lo abierto y lo libre que pueda superar todo el chantaje emocional y policiaco de nuestros regimenes. De ahí que prefiramos, en una especie de juego que va más allá de un simple juego, el montaje al videojuego, la danza al juego mismo, el ritmo a los valores, el gesto a las convicciones.


[3] Rythme, Geste, montage : esquisse pour une technologico-politique par le cinéma (Ritmo, gesto, montaje: esbozo para una tecnológico-política a través del cine). Resumen en francés e inglés aquí: http://www.theses.fr/s29427 (nota: es posible que esta dirección no se encuentre actualizada).


[4] Es cierto que lo teológico-político no se reduce a la exégesis que Spinoza hace de la Escritura en su Tractatus theologicopoliticus. Carl Schmitt invoca también su importancia. De ahí su afirmación según la cual “Todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados” (Cf. Schmitt, Teología política, Buenos Aires, Editorial Struhart, 1985,  pp. 95-96). Aunque la noción aquí invocada de teológico-político no concierne directamente ni la exégesis espinosista ni los análisis de Schmitt, si creemos que la política contemporánea no puede ser pensada ni asumida sin tomar en cuenta la relación entre el poder, el gobierno, el Estado por un lado, y la creencia y el culto por el otro. Así como tampoco puede ser esta política pensada sin tomar en cuenta la profunda transformación que las tecnologías audiovisuales y de comunicación operan en lo que puede o no ser creído y venerado, y luego entonces, en lo que puede constituir una autoridad. Pues no hay autoridad, así se auto-promulgue como laica, sin creencia y sin un cierto aspecto ceremonial y ritual. Es bajo esta intuición y bajo una cierta inspiración nietzscheana que invocamos lo teológico-político, tanto en este texto como en algunos pasajes de nuestra tesis, en su aspecto mágico, decadente e idolátrico. Pero también como creencia, ceremonial o rito cuya autoridad ha sido quebrantada por una aparición técnica. Un ejemplo claro de este quebranto sería el ocaso de la autoridad del libro provocada por la desaparición de la copia en papel. Lo que esta desaparición tiende a mostrar es el hecho de que también el libro, la obra, la autoría implican una creencia en su capacidad de creación de lo real. En este aspecto, nuestra época se distingue por el desmantelamiento de la creencia en la relación entre el libro, el mundo y la civilización llevado a cabo por y a través de las nuevas tecnologías.


[5] Sobre todo si la representación es figurativa, es decir que sea realmente una representación. La monumentalidad abstracta gozará por su parte del privilegio de la supuesta incomprensión de las masas y de la casi también siempre supuesta admiración de los connaisseurs.


[6] Algunos lectores encontraran en las líneas que siguen el influjo inequívoco aunque a veces tangencial, oculto o tergiversado de ciertos autores. Siendo este un texto introductorio y de declaración a título personal, creo que lo importante por el momento no es tanto la cita exacta, sino justamente la influencia que algunos podrán entrever o sugerir, y que ésta influencia tienda a  manifestarse de una manera política justa y honorable. Tal es mi propósito. Por ello también, estos fragmentos no son definitivos y forman parte de un trabajo  a la vez abierto e inconcluso: trataré pues de afinarlos, de pulirlos, de reconfigurarlos, con el tiempo.





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